28 Julio de 2011

De profesión, psicólogo

Destacado: 

¿Quién es realmente el cliente de un psicólogo?
¿El niño al que debe explorar o la Institución que le abona el salario?

El Colegio Oficial de Psicólogos me concedió un diploma con motivo de que estoy colegiado en él desde su fundación hace ahora 25 años. Por aquel entonces yo llevaba trabajando ya una década en esa profesión. Ambas circunstancias me invitan a reflexionar sobre nuestra labor, de la que me siento responsable en la parte que me corresponde. Para empezar quiero contarles que antes, cuando unos padres traían a su hijo a mi gabinete, el chaval solía acudir voluntarioso y expectante de la ayuda que desde mi preparación y experiencia pudiera ofrecerle a su problema. En cambio ahora, desde hace ya algunos años, los chavales vienen de muy mala gana y siempre a la defensiva.

 

Como me supongo siendo el mismo de antes pero con mayor experiencia, me he preguntado muchas veces cuál podría ser el motivo que determinaba ese cambio tan notorio en nuestras relaciones iniciales. Quizás convenga advertir, aunque no estoy muy seguro, que en mi caso trabajo con ese tipo de chiquillos que la sociedad considera difíciles o hasta peligrosos. Lo cierto es que cuando ahora me llegan, suelen venir muy resabiados por las repetidas intervenciones a que se vieron sometidos anteriormente: por el psicólogo del colegio; por el de los servicios educativos del ayuntamiento; por el psicólogo del centro de salud mental, por el del equipo técnico de las instituciones tutelares; por el psicólogo de los juzgados de menores. Todos ellos les sometieron a exploraciones, todos ellos llenaron páginas y páginas de informes que luego cursaron a terceros; pero muy pocos, si hubo alguno, se implicaron en su vida y en la resolución concreta de sus problemas, porque casi siempre desbordaban el ámbito de su competencia y de sus horarios y honorarios.

Este es el primer reproche que yo debo hacer, pero no a los psicólogos sino a las personas que se sirven de ellos: parece que nos ha entrado la manía de derivarlo todo al psicólogo como si se tratara del oráculo de la tribu, cuando un profesor tropieza con dificultades pedagógicas le deriva al psicólogo, cuando unos papás tropiezan con dificultades familiares, le derivan al psicólogo, como si ya no hubiera familiares y amigos que conocen al chico mejor y le puedan orientar, incluso cuando un juez tropieza con dificultades jurídicas, por ejemplo, que el niño se niega a declarar, le deriva al equipo técnico, al psicólogo.

El hecho de que los muchachos hayan ido de un psicólogo en otro, lo viven como un fracaso derivable hacia el siguiente fracaso, con todo lo de estigmatización que eso va añadiendo “¡qué malito debo estar que ningún especialista acierta conmigo!”.

De hecho yo he tenido que cambiar la técnica de mis primeras entrevistas. Antes empezaba formulando un sin fin de preguntas, hasta que los propios chavales me hicieron notar cuánto se parecían, desde su punto de vista, mis exploraciones a los interrogatorios de la policía, y qué peligrosos les parecían esos datos llenando nuestros informes. Qué duda cabe que el psicólogo o el trabajador social pueden llegar a donde el policía no llega aunque sea un agente “de proximidad”.

Y este asunto tan delicado me ha conducido a preguntarme, quién es realmente el cliente de un psicólogo ¿el niño al que debe explorar o la institución que le abona el salario? ¿coinciden siempre los intereses de un niño y su familia y su futuro, con los intereses de la institución?, en teoría ya sé que sí, pero no es posible. Os lo voy a ilustrar con un ejemplito. Un niño comete un robo de uso de un vehículo; no hubo pruebas ni testigos aunque todos sabemos que fue él. El abogado de la familia le propone a los padres que el chaval en el juicio no declare; pedagógicamente parece muy aberrante por el interés prioritario de la educación que está en juego; pero tampoco debiéramos sacudirnos con tanta frivolidad la sabiduría del Derecho Romano cuando tras siglos de experiencia mantiene el legítimo derecho del acusado y sus allegados a no declarar en su contra; porque qué duda cabe que salvar o reforzar los vínculos familiares puede ser jurídica y pedagógicamente más importante que castigar desde otra instancia un uso indebido de un vehículo.

En consecuencia, el niño y su familia y su abogado y una ONG que conocen el caso muy a fondo acuerdan que el niño no declare. En vista de lo cual el juez interrumpe el juicio y envía al chico a su equipo técnico, y la declaración que no arrancó el juez la consiguió el psicólogo, que para más INRI por méritos como éste mereció un sustancioso cargo. Confundir la pedagogía, algo tan necesitado de interiorización, con el Derecho, algo tan positivo, formal y extrínseco, es una atrocidad (ver, lo que escribí en mi libro “Pedagogía para mal educados”, pgs 149 a 161). Lo vengo advirtiendo desde hace muchos años, desde que la legislación de menores y el decreto de derechos y deberes de los alumnos decidió enfangarse en los equívocos de esa confusión tan pragmática. Los intereses biográficos, concretos y legítimos, de las personas no siempre coinciden puntualmente con los intereses también legítimos de las instituciones; por eso vuelvo a mi pregunta, quién es realmente el cliente del psicólogo ¿lo que el niño necesita, o lo que necesita la institución que a su vez le garantiza algo tan necesario como lo es su legítimo salario?.

Junnto al diploma que mencioné al principio me enviaron también una revista del Colegio, en donde al abrirla, al azar, leí en diversas páginas en mayúsculas y negrilla “LA SIMULACIÓN” “PERITACIÓN PSICOLÓGICA DE LA CREDIBILIDAD DEL TESTIMONIO” “LA OBTENCIÓN DE LA DECLARACIÓN” “DETECCIÓN DE LA SIMULACIÓN” “¿SE PILLA ANTES A UN MENTIROSO QUE A UN COJO?” “MÍRAME A LOS OJOS Y DIME LA VERDAD”.

Doy por supuesto que se tratará de artículos muy profundos y necesarios; todavía no los he leído y no querría nombrar la soga en casa del ahorcado. Afortunadamente tales artículos nunca caerán en manos de los chavales a los que yo atiendo, porque pondrían en grave aprieto la necesidad de que estos chiquillos sepan que alguien está con ellos, restaurando la confianza mutua, que es el germen de toda sociabilidad, núcleo de mi tarea.

 

Fuente: 
CANIÍN
Créditos Fotografía: 
http://www.flickr.com/photos/lesbryant2/
Por: 
Enrique Martinez Reguera

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