28 Julio de 2011

Víctimas, conocimiento y parcialidad

Destacado: 

La imparcialidad final que toda justicia reclama exige inevitablemente la parcialidad inicial, el ponerse en la piel de las partes, el ahondar en las razones últimas del conflicto.

Las víctimas no pueden constituirse en directores de la política criminal o en instigadores de formas  inasumibles de venganza institucionalizada.

JUSTICIA CRÍTICA II. El "Atrévete a saber" nos invitaba a la audacia de superar la ceguera de la ignorancia. "Ten el coraje de sentir y sufrir, atrévete a dolerte" podríamos añadir completando esa conminación. Esto  es aplicable a las leyes y al funcionamiento de la justicia. El proceso penal es tan despersonalizador y tan ajeno a los sentimientos y a las historias humanas que acaba convirtiéndose en una auténtica "máquina de picar carne" y generar dolor. Una vez  puesto en marcha, nada lo detiene. No quiere saber más que de formalismos legalistas. Así, no es de extrañar que todos los intervinientes salgan de los tribunales habitualmente "hechos picadillo".
En ese sentido, son comprensibles las voces de las víctimas cuando denuncian sentirse poco  atendidas y protegidas. Siendo esto verdad, convendrá, sin embargo, tomar nota de un doble dinamismo social cada vez más peligroso:

a) Nuestra cultura occidental, en ausencia de héroes o santos que sirvan como referentes morales por lo sublime de su vida y de los valores que la sostienen, ha sustituido su papel rector por el de las víctimas. Da lo mismo que sean víctimas de un terremoto, del terrorismo o de los "niños asesinos". Con esta transmutación de papeles se olvida que las víctimas lo son muy a su pesar y los héroes o los santos lo fueron por elección (muy iluminador resulta el Libro Le Temps des victimes de C.Eliachef y D. Soulez) Aquéllos padecieron un dolor no buscado ni deseado, ajeno por completo a una decisión moral; éstos suelen pagar el precio de una opción radical. Señalamos esto para clarificar que la justicia no puede seguir sin más los dictados morales de quienes, ostentando la dignidad inherente a la víctima, pueden reclamar, con todo el derecho del mundo, el reconocimiento, el respeto y el apoyo social, pero no pueden constituirse en directores de la política criminal o en instigadores de formas  inasumibles de venganza institucionalizada.

b) Cada vez que una resolución judicial no complace a las víctimas o a sus familiares no es infrecuente escuchar: "claro, como al juez no le han asesinado y violado a una hija, así dicta esta sentencia". ¡Pues claro!  Hay que recordar lo evidente: precisamente porque no le han violado una hija, su señoría puede enjuiciar una violación, por eso puede aplicar unos criterios con ecuanimidad y sin la pasión de quien habla -con toda legitimidad, en el plano personal- desde las tripas, lugar desde el que precisamente no se puede juzgar institucionalmente con equidad.

En absoluto entra en contradicción con lo anterior, sostener que una Justicia Critica reclame "conocimiento" para poder enjuiciar. No se trata del mero conocimiento de una instrucción formal, sino del conocimiento que brota del "ponerse" simultáneamente en el lugar del uno y del otro.  Exige comprender el dolor de quien padeció el delito, hacerse cargo de mismo para descubrir el mejor modo de remediarlo, y con no menos intensidad, demanda hacer lo propio con quien cometió el delito: detectar sus carencias personales y sociales, descubrir el modo de nivelar las asimetrías que frecuentemente están en la base de no pocas infracciones. "Es tocando las cosas mismas como llegamos a conocerlas más que por teorías" (Merleau-Ponty). Sólo la proximidad -el hacernos prójimos- permite despojarnos de nuestras pre-concepciones y pre-juicios y posibilitar que emerja un "tú" con toda su fuerza interpeladora, no sólo desde sus necesidades sino, sobre todo, desde la riqueza de sus posibilidades.

Ello implica que sólo se puede universalizar desde abajo. Se evita así el defecto frecuente de que una realidad histórica concreta se convierta en el "todo" aplicable a todos: p.ej. varón, blanco, occidental, habitante de una gran ciudad, de clase media, relativamente ilustrado etc., como exponente del ser humano universalmente entendido. La parcialidad se convierte en pre-requisito de la universalidad y antesala de la objetividad final. Sólo la «justicia desde abajo» puede llegar a constituirse en justicia universal. Por supuesto, no se trata de cualquier parcialidad. Se trata de la parcialidad hacia los injusticiados y humillados, la que convoca a las víctimas y perdedores de todos los tiempos, sin la venda sobre los ojos que impide  a la justicia conocer en profundidad.

En definitiva, la imparcialidad final que toda justicia reclama exige inevitablemente la parcialidad inicial, el ponerse en la piel de las partes, el ahondar en las razones últimas del conflicto, en asumir que la función jurisdiccional no es meramente instrumental (es mucho mas que "la oficina judicial", como la llaman ahora) y se orienta a asegurar los derechos de todos, a pacificar la convivencia, a contribuir para que la razón última del Estado (atender las necesidades básicas de todos) se cumpla efectivamente. Levantada la trampilla de la falsa imparcialidad judicial, una teoría crítica de la justicia presupone que el juez debe salvarse junto con el Derecho: cumpliendo una función creadora en la apli­cación de la norma, contribuyendo para que ésta sea autén­tica expresión de justicia material. Para ello debe realizar un juicio crítico (positivo o negativo) de la le­gislación vigente con objeto de ayudar a su transformación, evitando siempre que los instrumentos coac­ti­vos que se manejan en un contexto de desigualdad actúen como fac­tor de legitimación e incluso de multiplicación de aquella.

Fuente: 
CANIJÍN
Por: 
Jose Luis Segovia Bernabé

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